viernes, 26 de julio de 2013

Šaltibarsčiai, una sopa fría de remolacha de Lituania






Esta sopa fría de remolacha la probé durante un viaje a Lituania hace un par de semanas y nada más hacerlo supe que la querría preparar al llegar a casa.
Durante este viaje comía un poco a salto de mata y en un comedor universitario. Como contrapartida creo que el menú se acercaba bastante a lo que es el día a día en las mesas del país: deliciosas ensaladas de col, incluidos unos trozos de pequeños pero regordetes pepinos de piel rugosa, sopas de verduras claritas pero sabrosas, siempre con una buena cucharada de algo parecido a una crema agria y carnes rebozadas o unas ensaladillas donde el arroz sustituye a la patata.

 

A juzgar por la cara de los turistas observando los puestos de interioridades de los mercados, a veces nos da la sensación de que en los recetarios de otros países no se tienen en cuenta las interioridades o casquería tanto como en el nuestro. Que se lo digan a mi amiga Cristina que creyó pedir un escalope y se encontró frente a una gran oreja de cerdo hecha a la parrilla y con una salsa. Afortunadamente no es remilgada y la disfrutó, y no es para menos, pues estaba bien buena.
La receta de esta sopa es una versión de la que nos obsequió Indré, que fue nuestra paciente acompañante durante diez días. Su plato favorito: una especie de morcilla hecha a base de carne, sangre y miga de pan, la cual no tuve la oportunidad de probar, pero que me picó la curiosidad.
Esta vez lo más cerca que estuve de un mercado fue en un pequeño pueblo, Bazilionai. Donde dos hileras de casetas de madera que te dan una pista sobre cómo debe ser un invierno a -30⁰, son el mercado de verduras. Allí lo que parecen los propios agricultores exhiben algún manojo de cebollas nuevas, huevos, hierbas aromáticas, frutos del bosque y pepinos, muuuuuuchos pepinos. Porque para los tomates aún es pronto.


 
       Foto: Antoni Carles Costa
 
   Foto: Antoni Carles Costa

De hecho, en los grandes supermercados tenían preparados los stands para hacer conservas, y eran de envidiar: tarros de cristal con tapaderas reproduciendo pepinos o tomates y grandes peroles esmaltados de color crema que harían correr a más de un amante de lo vintage.

 

La espinita que se me ha quedado más que clavada es poder probar la variedad de embutido y carnes secas, pero no se puede estar en todo. Por lo pronto sí que pude catar el salmón seco y una lengua ahumada ha viajado hasta Mallorca, siendo la mar de sorprendente, pues ni la textura ni el sabor hacen adivinar de lo que se trata.


Para 4 personas

70g de remolacha hervida (¡de bote no!)
100g de pepino
450g de kéfir
1 taza de leche o agua (si preferimos una sopa no tan espesa)
2 huevos duros
2 tallos de cebolleta o cebolla nueva (o sea la parte verde)
2 ramitas de eneldo fresco
Sal

Ponemos a cocer los huevos en un cazo con agua. Cuando rompa a hervir, contamos 10 minutos y apagamos el fuego. Los dejamos templar, pero siempre teniendo en cuenta que será más fácil pelarlos en caliente. Los pelamos y reservamos.
Lavamos los pepinos y los pelamos, pero no del todo. Con el pelador o cuchillo dibujamos  unas tiras gruesas a todo lo largo del pepino de forma que se alternan tiras de “vacío” con tiras de piel. No solo es para hacer bonito, sino también porque parece que así es menos indigesto.
Ahora lo cortamos en forma de cuñitas finas o a cuartos, una forma sencilla es cortar a lo largo por el centro sin llegar hasta el final  dos veces, formando una cruz, para luego cortar rodajitas. Las dejamos en remojo en un bol con agua.
Retiramos las hojas exteriores del tallo de las cebollas nuevas y cortamos a rodajitas. Reservamos también en agua.
Batimos el kéfir con unas varillas para eliminar los posibles grumos. Si preferimos una sopa trabada, pero no espesa, añadiremos leche o agua fría. En los ingredientes os  indico una taza, pero a mí, personalmente me gusta un poco más líquido -pongo taza y media- , así que os recomiendo ir añadiendo poco a poco hasta que encontréis la textura que más os guste.
Retiramos las posibles pielecitas o tronquitos que pueda tener la remolacha, y la rallamos.
Mezclamos la remolacha con el kéfir y removemos bien. Ponemos sal algo más generosamente que de costumbre, pues no hemos de olvidar que la remolacha es dulce. Lo reservamos en la nevera para poderlo servir bien frío –como el kéfir y la leche o agua están ya fríos no requerirá tanto tiempo-.
Lavamos y picamos fino el eneldo.
Justo antes de servir, escurrimos el pepino y la cebolla nueva y lo agregamos a la sopa. Espolvoreamos con el eneldo y removemos bien.
¿Por qué no mezclarlo todo para tenerlo listo para servir? Lo hago porque así para que el pepino no pierda su turgencia. Un modo de adelantar trabajo si no tenemos tiempo sería tener el pepino y la cebolleta ya escurridos en un táper también en la nevera.
Troceamos el huevo duro y lo colocamos en un platito para que cada comensal se sirva o bien lo añadimos a la sopa una vez servida en cada plato antes de llevar a la mesa.
Se puede servir acompañada de unas patatas hervidas con también con eneldo y un poco de crema agria.

 

 

6 comentarios:

  1. Por favor... no puede gustarme más. Qué color, que tentación...

    Besos.

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    1. Aunque se hace un poco raro comer una sopa rosa, la verdad es que está muy buena!
      Gracias por tu visita!

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. ¡Tiene una pinta deliciosa!
    Tiene que sea una gastronomía bastante distinta de la española pero no hay duda de que es muy sabrosa y deliciosa.
    Besos,
    Aurélie

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    1. ¡Siempre es divertido probar cosas nuevas, tanto cuando salimos de viaje, como en casa!

      ¡Besos, Aurélie!

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  4. Muy buena crónica y muy buena receta. He viajado varias veces a Lituania y soy un enamorado de su gastronomía. Si vuelves no dudes en probar vėdarai (tripas de cerdo rellenas de patata al horno), buenísimo...
    Un saludo,
    Jesús

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