miércoles, 17 de octubre de 2012

Gruissan. Escapada a Francia (II)





Aunque uno intenta cumplir eso de “donde fueres haz lo que vieres”, lo de comer temprano –y más cuando uno está haciendo turismo- es difícil de conseguir.
Así que nos encontramos en un momento de crisis cuando, un desapacible domingo, nos encontramos en un Gruissan desierto, a la una y media de la tarde y con la idea preconcebida de encontrarnos con muchos sitios donde comer ostras.




Paseamos por las callejuelas que trazan este pueblito de planta circular, de aspecto decadente y con los postigos de las casas echados al que un día gris no acompaña, buscando “unas pintorescas casas sobre pilares en los que hay algún restaurante”, malaconsejados por la Guía Verde de Michelín.
Digo malaconsejados porque dichas casas estaban a más de 2 km de distancia en Gruissan-Plage.


Así que, teniendo en cuenta que muchos restaurantes allí cierran a las dos menos cuarto, no nos complicamos mucho la vida y nos dirigimos a la primera propuesta que nos hizo un lugareño, desechando aventurarnos mucho más allá, donde se encontraban las bateas de los cultivadores de marisco –que era lo que realmente buscábamos- .
El aspecto externo del restaurante, así como un pequeño vistazo al menú que había colgado en la fachada, hacía prever un poco lo peor, pero leímos la palabra mágica “ostras” y dijimos “¡adelante!”.



Es en estos pequeños momentos cuando te das cuenta de que muuuuuchas veces las apariencias engañan.
Le grand soleil es un lugar tranquilo y sencillo de ambiente familiar con unas vistas increíbles, en primera línea de playa.


La carta, sin ser muy larga, da cabida desde un “gazpacho maison” o un “assiette catalán” –pan tostado con tomate, jamón y queso manchego- a un entrecote o pescado para los que no se quieren arriesgar, a otras cositas como las que pedimos: un tartár de albacora, una ensalada mediterránea a base de berenjena asada y anchoas de Colliure –gran chasco, porque son como nuestros boquerones-  o un coquillage -¿conchada?- que llevaba ostras, mejillones, bulots y langostinos.





Nunca se me había ocurrido probar los mejillones crudos –hasta hace bien poco no me gustaban de ninguna manera- y he de decir que están ¡riquísimos!, de hecho los disfruté más que las ostras.
Para terminar la comida, además de los vintage melocotones Melba y banana Split, también había otras tentaciones como un tatín de higos o el fondant de chocolate. 
De especial mención el último, a pesar del cansancio que produce verlo una y otra vez en todas las cartas, porque  este era de los de verdad: ¡FUNDENTE y CALIENTE!
Y, a pesar de ser Francia, fue bastante razonable en el precio, pues salió por menos de 30 por persona con cafés y vino blanco.

1 comentario:

  1. menuda preseentación! MEe encanta, además de todas las fotos que subiste!
    BESOS}

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