lunes, 6 de febrero de 2012

Explorando el mercado de Coyoacán


La ventaja de visitar una ciudad como México DF y contar con un cicerone, es que un día te acompañan a un mercado, como el de Coyoacán, y los fríes a preguntas sin compasión hasta que descubres que no, no es maíz malva, sino un hongo que afecta al maíz, el huitlacoche, que cocinado se vuelve de un pardo que asusta, de un sabor contundente al principio, que casa muy bien en una quesadilla con queso. Así que doy gracias a Marcela por su tremenda paciencia.


Ves y pruebas frutas de las que nunca has oído hablar, como el mamey -de color cercano a la papaya, pero con el toque de dulzor justo- o un mango de Manila pequeñito y bien dulce.

Flores de calabacín, nopales (hojas tiernas de chumbera), patatitas para guisar -que una se moría por arrugar con un buen mojo...), chayotes -un curioso calabacín- atraen la vista, aunque mucho más sorprendente es pasar por los puestos de comida donde sentarse a tomar un tentempié.




Calderos de barro donde se mantienen calientes guisados, coloridos y picados en menudo ceviches, así como planchas repletas de tortillas y tortas tentaban a la vista y al estómago, aún recién desayunados. Los locales recomiendan las quesadillas de doña Luche.




Entre los puestos de frutas y verduras uno se puede encontrar asediado por cientos de enormes y coloridas piñatas o comprar unas gorditas, blancas o azules, según el color del maíz, eso sí con la cantidad justa de chicharrones. Una pasadita por la plancha y estupendas con un buen trampó.
Sí, sí, trampó a resultas de lo que me sobró al prepararle una coca a mis anfitriones, de origen catalán y que aún recordaban haber probado una coca de escalibada de Lleida.



Más allá, abigarrados puestos repletos de niños Dios y todos los complementos imaginables para vestirlos con todas sus galas el día de la Candelaria, cuando el que fue afortunado con el haba del roscón de Reyes deberá hacer los tamales.
Coyoacán es una pequeña población absorbida por la gran ciudad, que atrae no sólo por sus calles y plazas –como la de Conchita-, el Museo Frida Kahlo y el de Diego Rivera. También por el ambiente que se vive en pleno domingo, cuando las calles se abarrotan de gente paseando atraídos por el clima agradable y los cientos de puestos de comida.
Como los de chicharrón, en forma de corteza, pero de una sola pieza, lo trocean al momento y lo chorrean con salsa valentina, aderezo que acompaña también a la patatilla, o al plátano macho frito que los lugareños comen por la calle a todas horas.
Puestos de dulces variados, como mazapanes en forma de frutitas en miniatura, obleas de vivos colores con pipas de calabaza pegadas con cajeta -como un dulce de leche-, gorditas dulces, elotes –mazorcas- que embadurnan bien de mayonesa o picante en salsa o en polvo... ¡imposible probarlo todo sin caer enfermo de un empacho!

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