sábado, 18 de diciembre de 2010

Cómo humillar a un bogavante

Me aventuro a acercarme a la pescadería -nada fácil un sábado por la mañana, cuando suelen agolparse decenas de personas en busca del combinado para la paella del domingo-, cruzando los dedos para que tengan el bogavante o el buey de mar en oferta y soñando, más bien paladeando, el arroz caldoso que calentará mi corazón y cuerpo estos días tan fríos que estamos pasando en Barcelona.


Efectivamente, encuentro los bogavantes frescos a unos atractivos 8.75 euros, lo cual no me hace perderle el respeto; no es que lo reverencie al pasar a su lado, pero sé que se merecerá un buen caldo de pescado, el sofrito de cebolla con una ñora tostadita y un poco de mimo.

Delante de mí hay no menos de cinco personas, así que me armo de paciencia observando cómo la pescadera limpia sepias y calamares mientras habla con las clientas sobre sus preferencias y métodos. Lo que podría parecer interesante y enriquecedor viniendo de lo que a priori podríamos considerar una experta, se tornó en horror cuando le preguntó a la señora que a la que atendía “¿quiere que le corte los bogavantes para el arroz?” Ante la respuesta afirmativa empezó a escabechinar sin piedad los dos bichos cuya muerte pasó a ser indigna, ausente de toda ritualidad y veneración: cortó cola, pinzas, cabeza… no dejó nada entero y, lo que es peor, dejó que la esencia del crustáceo se fuera por el caño. Quien tenga ciertas nociones de cocina, aunque no se haya puesto un delantal en la vida, sabrá que tanto bogavantes como langostas deben cortarse no sólo en vivo justo antes de cocinar, sino que lo más importante es salvar los jugos que salen y que pronto se convierten en una gelatina que compone la enjundia del plato a preparar.

Por lo visto iba a ser una gran paella, a los dos bogavantes sacrificados le acompañaron medio kilo de mejillones, medio kilo de almejas y dos grandes calamares ¿Dónde quedará el delicado y suave sabor del protagonista? Entonces comenzó una gran revolución, la pescadera fue a darle una impresión de la receta del famoso arroz a la señora que ya había finalizado su compra y el resto de compradores acudieron como moscas para recibir su papel también.

Mordiéndome el labio pensé “mierda, igual para cuando me toque ya no quedarán”

Afortunadamente no fue así, la persona que estaba antes de mí pidió uno a otra dependienta “cortado para arroz”, quién cogiéndolo con dos dedos por una pinza la apartó mientras le decía arrugando la nariz que “eso” lo haría mejor la otra, es decir la experta. Así que el turno vino rápidamente a mí y casi sin respirar le dije “un bogavante, así tal cual” y con una gran sonrisa lo depositó cuidadosamente en una bandeja.

Satisfecha por mi exitosa mañana de pesca, esperando en la cola de la caja la vista se me fue a un brick de caldo para paella –con sofrito- y, no sin mucha sorpresa, me encontré a la señora que momentos antes cogía con gran interés la receta de la paella de bogavante y escuchaba los consejos de la pescadera. Entonces me pregunté ¿para qué complicarse tanto la vida?

¿Merece la pena levantarse temprano un sábado, hacer colas y gastar un poco más en un buen marisco si de todos modos como base vas a utilizar un caldo envasado, lleno de químicos y que ni siquiera es de pescado?

1 comentario:

  1. No es de recibo lo que hacen algunos pescaderos con tal de vender. El sábado una montaña de buey de mar vivos y a menos de cinco euros llamaron mi atención. Me acerqué y escuché la siguiente conversación. La joven compradora dice que quiere hembras y la pescadera responde que son todo machos. La compradora insiste en que quiere hembras y pregunta qué cómo se distingue el macho de la hembra. La pescadera, viendo que peligra su venta, responde sosteniendo un buey en la mano: mire, mire, pesa mucho y además ahora las hembras no tienen huevas... Di media vuelta y seguí mi camino.

    Para quienes no lo sepan, decir que la hembra tiene la cola de forma redondeada, es más sabrosa, tiene más carne y sí, en esta época suelen tener huevas. Lo ideal es elegir las que tienen el caparazón muy oscuro, signo de que aún no han hecho la muda.

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