jueves, 20 de mayo de 2010

Melangia

No puedo contar la cantidad de veces que he regresado a casa en avión a lo largo de mi vida y, a pesar que siempre escojo sentarme junto a la ventanilla –se puede apoyar la cabeza para dormitar durante el viaje-, no ha sido hasta ahora cuando, al encenderse las luces de “abróchense los cinturones”, abro bien los ojos y me incorporo para saborear a vista de pájaro lo impresionante que es Mallorca.

Han pasado ya tres años y, de pronto, me he sorprendido sacando la cámara en el mismo momento que el morro del avión asomaba por la costa de aguas turquesas de Pollença. Sobrevolamos las montañas verdes, aunque poco frondosas salpicadas por pequeños embalses de agua, para, de pronto encontrarnos ante una gran colcha de patchwork conformada por formas geométricas inconexas. Algunas, recién aradas, color terracota el resto conformando la escala de verdes que nada envidian a Pantone.


El aparato va descendiendo y miro a mi alrededor sin entender por qué los que tengo a mi lado prefieren leer. Ya estamos cerca del aeropuerto de Sont Sant Joan, lo sé porque ahora se aprecian los molinos que un día se plantaron aquí y allá para desecar el terreno con el fin de poder cultivar. Algunos no son más que un esqueleto donde sólo queda un asta, en los que han tenido la suerte de ser restaurados, la circunferencia está completa y las palas lucen en blanco con rayas en verde o azul conformando un dibujo concéntrico. Me viene la cabeza lo ofendida que me sentí cuando una amiga de visita al verlos dijo “pues vaya asco de molinos”, comparándolos con los recios molinos harineros de Don Quijote. Casi paré el coche para hacerla bajar, pero no quise que los mallorquines se ganaran la fama de poco hospitalarios…

Siempre he presumido de isla, por lo que no se puede decir que aprecie lo que tenía ahora que ya no lo tengo. Lo que pasa es que ahora conozco el amargo sabor de esa palabra que siempre me ha seducido por su musicalidad y que es melangia o, lo que es lo mismo, melancolía en catalán.

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