viernes, 12 de marzo de 2010

Cartas sin trampa ni cartón

Más allá de por la necesidad fisiológica de alimentarme, cuando entro en un restaurante lo hago en busca de que me sorprendan: descubrir nuevos sabores, combinaciones de ingredientes que hagan viajar mi paladar, ya sea a lugares lejanos como a los más cercanos.

Ello lo convierte en una experiencia arriesgada, ya que en multitud de ocasiones me he encontrado ante una carta que realmente no me seduce, y no porque sea aficionada a la literatura en los menús –ya me he inmunizado ante esos platos que sobre el papel alcanzan las tres líneas y que incluyen palabras clave como aromatizado, emulsionado…, pero sobre el plato no son más que una estafa-

Lo verdaderamente excitante es encontrarme ante una carta en la que se me haga difícil decidirme por una opción u otra, independientemente de mis gustos definidos. Algo así me ocurrió en el restaurante Icho de Barcelona.

Aunque no estuvieron muy acertados en la preparación del Bloody Mary con el que decidí abrir boca, mis expectativas se colmaron incluso antes de abrir el libreto con sólo oler los aromas de los platos que pasaban por mi retaguardia rumbo a otras mesas, ni qué decir de la presentación, un regalo para los ojos.

Ideal para quien gusta probar un poco de todo, en Ochi, la mayoría de platos se pueden pedir en medias raciones, así que di cuenta de seis platos sorprendentes.

Para hacer más llevadera la espera pronto llegó un gambón en tempura con salsa de sésamo dulce, el cual estaba suspendido en el aire diciendo “cómeme sin dejar de saborear mi cabeza”.

Cuando voy a un restaurante japonés y en su carta aparece el cangrejo de concha blanda se me hace inevitable pedirlo, a pesar de que habitualmente simplemente lo sirven en tempura y ocasionalmente en el interior de un maki. Por aquí iban los tiros, sólo que en plato llamado Onsen Tomago, lo acompañaba un huevo cocido a baja temperatura flotando en una salsa suave. Roto el huevo, y bañado el cangrejo en el caldito, me reafirmé en por qué soy tan aficionada a él.

Le siguieron un tartar de vieira con aguacate; huevas de bacalao y salsa cítrica; Bacalao saikyozuke macerado con berenjena asada y salsa dulce miso; Isobe-age de Gallo de San Pedro con mousse de vieira y siitake, con los que disfruté tanto con la vista como con el paladar, pero sin duda recomendaría los tallarines de sepia y papada ibérica, plato que reconozco no hubiera pedido de ir sola, pero que me sorprendió gratamente no sólo a nivel gustativo, sino por el juego de texturas, además de la ensalada que lo acompañaba aderezada con un toque cítrico nada estridente que limpiaba el paladar de la leve sensación grasa aportada por la papada. El foie es otra de mis perdiciones, y encontrarlo combinado con anguila fue harto tentador. Pedir media ración a repartir entre dos de Foie poelé con anguila estilo japonés y tempura de aguacate fue una equivocación, ya que el suave y meloso bocadito se me hizo insuficiente, de ahí que acabara mojando las crujientes hojitas de ensalada en la salsita que quedó en el plato.

Icho Carrer Deu i Mata, 65 Barcelona

Precio 2 personas: 90 euros aprox.

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